miércoles 22 de octubre de 2008

Biografía de Xavier Zubiri

Por José Luis Mora

Hagamos justicia a un gran trabajo como el realizado sobre la figura de Xavier Zubiri por estos autores catalanes. Estamos hablando de un libro magnífico que se sitúa por encima de los detalles que cada lector pueda reconocer en torno a los personajes que se movieron en torno a la figura del filósofo vasco y a quienes unos u otros pudieron conocer personalmente.

Hablamos de una biografía que es mucho más que una biografía. También es más que un libro de sociología de la filosofía y, sin embargo, es ambas cosas. Los autores han tenido la claridad para reconstruir una parte de la filosofía del siglo XX, sus ideas, sus protagonistas y sus instituciones en torno a la figura de este hombre, Xavier Zubiri, que se mantiene vivo en las páginas como vivo está todo ese abigarrado mundo de relaciones de los mundos reducidos que fue construyendo en torno a sí. Hablamos, pues, de un libro de filosofía viva, escrito acerca de un autor que, como Aleixandre en el mundo de la literatura, trataron de construir una escritura con proyección universal sin perder la dimensión de la mesa camilla, quizá el único remanso que un hombre puede controlar en su totalidad.



Casi mil páginas para ochenta y cinco años de vida y un siglo de historia de la filosofía que, si nacida en el País Vasco, siguió después por Madrid, para continuar por Bélgica, Alemania, Roma, París, Madrid de nuevo para arribar en Barcelona y concluir, de nuevo, en Madrid. Todo un ejemplo de cómo lo pequeño puede ser grande y cómo una figura se agranda en su esfuerzo intelectual por elaborar una filosofía que no dejara fuera ni la ciencia más actual ni la dimensión religiosa del hombre en su mayor radicalidad. Y como eso lleva a renuncias, a una lucha interior casi brutal y a tener problemas de ubicación entre los problemas cotidianos lleva, también, a que adquieran una naturaleza terrible.

Quizá la impresión que el lector obtiene es, por encima de cualquier otra, que la vida del filósofo, al estilo tradicional o no (pongamos a Ortega como antagonista aunque no lo fuera del todo) es obligatoriamente agónica. Dijo María Zambrano, aquella primera discípula y luego auxiliar de Zubiri poco después de que este obtuviera la cátedra y marchara por tres largos años a Alemania, que la agonía consiste en no morir a causa de la esperanza. No siempre fue Zubiri un hombre esperanzado pues le invadió con frecuencia la desesperanza pero siempre luchó, si no exteriormente sí en su propio interior. Le acompaña el lector como hombre atormentado por los problemas religiosos e inmerso en la crisis modernista cuando se vio obligado a ser sacerdote; luego como luchador contra la rigidez del obispo de Madrid, Eijo Garay y la administración vaticana en el doble proceso de secularización y de obtención de permiso para casarse, su posterior "conversión" en la que implicó a su mujer Carmen Castro, pasando por las difíciles relaciones con la familia política, la desafección permanente de la universidad, la búsqueda de refugio en la Sociedad de Estudios y Publicaciones hasta llegar a esa soledad "sonora", cuando pocos años antes de morir se dio cuenta de que la generación de los llamados jóvenes filósofos ni le entendía ni tampoco se esforzaba mucho por hacerlo. Le quedaba el círculo de los próximos porque, con seguridad, Zubiri fue un hombre de esta dimensión en su forma de actuar, necesitado de un ámbito afectivo que la institución no le proporcionaba. Ahí se agranda la figura de Ellacuría a quien los autores de esta monografía sitúan como el discípulo que antes, más y mejor creyó en Zubiri y a quien se debe su difusión en Latinoamérica. A su lado van dibujándose y agrandándose la presencia de Diego Gracia, Antonio Pintor y Antonio Ferraz que han sido lectores intensos de su obra y decisivos en la difusión de Zubiri.

Quizá sepa a poco a quienes esperen un estudio detallado de la obra de Zubiri. No eluden sus autores adentrarse en el pensamiento zubiriano tenido por hermético pero no tienen a este como su propósito primero sino mostrarlo al hilo de la biografía de su autor, sus esfuerzos por aprender la física y la biología contemporáneas; por hacer lo propio con lenguas como el sumerio u otras imprescindibles para profundizar en los textos bíblicos o por la lentitud en la escritura dudando de que su pensamiento quedara rigurosamente fijado.

Queda al final la imagen de un hombre celoso de su intimidad, poco complaciente con los halagos oficiales y cuya vida puso al servicio de la filosofía. Puede parecer distante, poco comprometido en ocasiones en las difíciles circunstancias que hubo de vivir pero es verdad, también, que trató de no poner acritud en ocasión alguna, de no generar situaciones de confrontación y de valorar a las personas más por sus conocimientos que por cualquier otra consideración. Se explica así la naturaleza de sus amistades en la posguerra y los autores muestran a un intelectual que si no mostró una actitud combativa contra el régimen de Franco tampoco se permitió la más mínima complacencia cuando le invitaban a colaborar.

Estando tan faltos como lo estamos aún de conocer las redes o "estirpes", como algunos las denominan, que han ido conformando la filosofía oficial en España, este libro es una contribución importante para conocer tanto la personalidad del fundador del "Seminario Zubiri" como las condiciones que lo fueron conformando así como a los intelectuales que lo formaron. De esta manera se ve el lector introducido en un mundo que si tenía a la filosofía como su objeto primordial no por ello se olvida que este saber como cualquier otro está hecho por hombres de carne y hueso.