Por Jaime de Salas. ABC.
Es difícil que se publique este año un libro no especializado tan interesante para quienes seguimos el mundo de la filosofía española. Desde los años treinta hasta comienzos de los ochenta, Xavier Zubiri ha sido un punto de referencia para sucesivas generaciones de universitarios españoles como un maestro indiscutido en su profesión.
La biografía que comentamos en nada desmiente, sino más bien confirma, esta imagen.
Pero su lectura es recomendable a pesar de su extensión. Se lee bien y sin esfuerzo. Se ha reconocido en Zubiri su enorme entrega a su condición de filósofo profesional.
De inclinación liberal, al mismo tiempo su figura se destaca por un voluntario retraimiento de la vida pública. En una época en que se estudiaba a santoTomás de manera muy extendida, el prestigio de Zubiri se debía a que ofrecía una actualización del pensamiento tradicional en el que, junto con un gran conocimiento de la filosofía medieval y escolástica, se encontraba una visión muy meditada de Husserl y de Heidegger junto con un conocimiento también actualizado de la física, biología y matemáticas del siglo XX. De él sabíamos que había sido clérigo antes de casarse con Carmen Castro, la hija de don Américo y que había abandonado la Universidad en los años cuarenta para posteriormente encontrar el apoyo del Banco Urquijo. En definitiva, un hombre de gran talento con una carrera excepcional.
Vocación religiosa. Esta excepcionalidad de la figura de Zubiri se refuerza con el relato biográfico de Corominas y Vicens: de contextura débil en el nacimiento, su educación fue el resultado de sobreprotección y a la vez de exigencias que le acompañan hasta el seminario. Más importante aún es la situación en la que vivió su vocación religiosa en sus años de juventud. Sensible a los argumentos de los modernistas tiene grandes dificultades a la hora de tomar los votos a los 22 años, pero optó por perseverar. La situación resultó insatisfactoria para los dos partes. Ni podía desertar de una institución con la que se había comprometido y abandonar una posición que respondía a los deseos de sus padres, y tampoco podía identificarse con ella. Zubiri redujo su actuación como clérigo a lo mínimo y aprovechó su situación para estudiar y viajar. En ese periodo no sólo viaja a Lovaina, sino después, ya catedrático a los 28 años, acude a Friburgo para escuchar a Heidegger. Un incidente importante fue la denuncia por un condiscípulo de Lovaina que le llevó temporalmente a la suspensión. Al final, en el marco de sus relaciones con Carmen Castro, obtiene la secularización completa y la dispensa del voto de castidad a los 37 años. La posición de Zubiri frente a la religión católica se encuentra bien fijada en El problema filosófico de la historia de las religiones, pero independientemente de que esta obra refleja un escenario cultural postconciliar, queda claro que responde también a experiencias e inquietudes de un Zubiri muy joven.
Uno de los méritos de esta biografía es que habiendo hecho uso de los medios de la Fundación Zubiri y partiendo por supuesto de una valoración de su figura no resulta para nada partidista. No se ocultan pequeños fallos ?como los olvidos de la cuenta del librero? y se nos describe un escenario de esfuerzo y de egocentrismo que frecuentemente acompaña a las personas de mayores logros.
Sobre todo, el relato resulta excelente en mostrar la importancia de la amistad en la vida de Zubiri. Los autores han sabido aunar agudeza psicológica y tacto junto a la información relevante. Efectivamente, Pedro Laín, Juan Zaragüeta, Eugenio Imaz, Carmen Castro, Juan Lladó, Asenchi Madinaveitia y finalmente Ignacio Ellacuría jugaron un papel importantísimo en la vida de Zubiri. A ello se añaden las relaciones con José Bergamín, Julían Marías, y sus maestros Benigno Pérez, y Domingo Lázaro.
Referencia orteguiana. Algunos de los momentos importantes de su vida intelectual los constituyeron sus encuentros con Bergson, Severo Ochoa, Husserl, Schrodinger y Heidegger. Merece una mención especial el caso de Ortega que no influyó en el pensamiento maduro de Zubiri, pero que constituyó una referencia importante a lo largo de muchos años. Todo este conjunto de personalidades a las que se deben añadir otras, matizan la imagen de un Zubiri solitario. Al final, el propio Zubiri, muy grave ante un médico que le reconoce solo en la sala de urgencias del hospital, dice estas últimas palabras: «en esta vida uno está solo y no es de extrañar que muera solo». Pero el relato de Corominas y Vicens nos presenta una vida que, a pesar de sus dificultades, llegó a su culminación con una obra y una proyección importante, en compañía de otros. Siendo un hombre excepcional encontró el contexto social que necesitó para llevar a cabo su obra. leyendo
martes 30 de septiembre de 2008
Zubiri en su circunstancia.
Publicado por
UNAFAM 47
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10:26
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